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Sergio Fitte y su... Fitteratura Fantastica

(escritor argentino)
November 02

PUTO.-

                                                                      PUTO.-

 

El teléfono no paraba de llamar, era probable que en casa se estuviera por; o se estuviera, celebrando una fiesta. Quizás mi hermana fuera la anfitriona o algo así. El tema era que de ninguna manera el maldito aparato me quitaría la concentración que mantenía sobre la pantalla del televisor; de todas maneras mi hermana lo contestaba y esto hacía que el aturdimiento se suspendiera por unos instantes. Hasta que se encendía su infernal parloteo casi tan mortificante como el sonido del propio teléfono. Claro que mi ubicación en la sala le impedía tomar con facilidad el aparato igualmente se las arreglaba de alguna forma. Total que me importaba. Nada me importaba ni de ella ni de nadie. Bah, en realidad si me importaba que ella tuviese que reptar literalmente sobre mi cómodo y recostado cuerpo para tomar el tubo del aparato, este, su movimiento, hacía que sus senos me recorrieran aunque más no fuera de prepo. Cuando volvían del viaje lo hacían más puntiagudos que cuando venían. Creo que ella también lo disfrutaba algo. Y si no que me importa.

En dos de las varias oportunidades en las que habló vaya a saber Dios con quién, le comenté que en cualquier momento me declararía puto. Ninguna de las dos veces insinuó haberme oído.

            El partido que estaba emitiendo el canal vasco era de un deporte en el que yo no entendía ni una sola de las reglas, no comprendía el tanteador, ni lo que debían realizar los jugadores para sumar puntos, pero me gustaba mirarlo; vaya si me gustaba. Se jugaba solo una vez al año. Nunca me lo perdía y el cotejo que me encontraba viendo en aquella oportunidad estaba resultando el más largo de toda la historia. Recuerdo que había dado comienzo un martes a la noche. No lo podría afirmar, pero para aquella altura ya probablemente sería viernes, quizás sábado. Me suenan esas fechas como posibles puesto que al momento de oscurecer comenzaron a caer extraños y detestables personajes a casa; deambulaban por ella, bebían (siempre con mucha moderación) y sobre todo se cruzaban delante de la pantalla. Advertí una, dos veces que no se interpusieran entre mi mirada y el vidrio del aparato, pero todos hacían oídos sordos frente a las recomendaciones. Cuando no aguanté más les solicite (en especial a un coloradito carnoso de posaderas (fue ese el momento en el que noté que existían en la fiesta gran cantidad de coloraditos carnosos de posaderas)) que de no pasar delante de la televisión gateando me vería en la violencia de castigarlo. Como no podría haber sido de otra manera fue el más advertido el primero en perjudicar mi visión, quien se atrevió a infringir la regla. Y porque soy un hombre con todas las letras y con principios me puse de pie luego de haber estado muchísimo tiempo recostado sobre la cama de colcha bordó que hacía las veces de sofá. La primera sensación fue de tambaleó, tan pronunciado que casi fui a parar al suelo, pero como tengo dignidad aguanté con todas mis fuerzas, luego de unos instantes la sensación se esfumó. Fue allí donde la sangre comenzó a desabotonarse de la región del estómago e inició su proceso de bajado quemando de una manera fea, muy fea. Me mordí la lengua para no gritar, pronto mi boca se llenaba de un líquido parecido al de la sangre, demasiado. Sin hacer mucha alharaca me llevé la mano al cinto y lo desabroché. Toda la ropa que este sostenía calló al suelo. Debajo de toda, toda la ropa yo estaba completamente desnudo. Fue recién allí donde comenzaron a notar mi presencia. Varias risas sarcásticas recorrieron por el silencio de la noche, no me importó. Nada me importó. Le di dos vueltas de cinturón a la mano derecha. Le  tomé el peso a la hebilla que colgaba del extremo suelto. Y solo porque tengo palabra le asesté dos lonjazos en la cara al coloradito, a mí coloradito que cayó casi sin ruido como suelen hacerlo los cobardes o las señoritas, o los coloraditos carnosos de posaderas. Nadie volvió a caminar delante del televisor. Resultaba estimulante observarlos gatear unos detrás de otros husmeándose como perritos. En un momento supuse, supuse mal, que mi primer castigado iba a incorporarse, aunque bastante alejado del lugar de exclusión, por lo que recorrí de manera acelerada los metros que me separaban de él y volví a castigarlo. Vaya si volví a hacerlo.

            Ya sentado nuevamente en el sillón comprobé que el canal vasco había finalizado su transmisión por lo que salí a ser parte de la fiesta.

Me pareció ridículo que al colocarme (una vez terminado el partido) delante de las típicas rondas donde los invitados dialogaban estos se dispersaran o cambiaran abruptamente el tema de conversación. Cuando se producían silencios, cosa que me ponen por demás nervioso, intenté con mis comentarios de siempre: “me tienen que sacar todos los dientes, por eso tengo tanto aliento” y me pasaba el dedo índice de la mano derecha por las encías y se las extendía para que la oliesen, nadie aceptaba mi invitación. Esto hacía que me retirara hasta otro grupo. Donde solo había señoritas trataba de ser un poco más galán haciendo comentarios del orden de: “deseás juguetear con mi “picha”; sabes lo que es la contrapija” y cosas por el estilo que al parecer no eran del todo bien recibidas.

            De repente algo descontento con la reunión que se estaba llevando en casa, me encontré dentro de mi campera verde de paseos nocturnos, y no tuve más opción que salir a dar una vuelta por las calles. El clima estaba algo enrarecido: llovía de una manera descomunal, pero la seques que había en toda la zona impedía que se formaran charcos: “que ojete pensé para mis adentros, no puedo chapotear, me vuelvo a casa”.

            Una vez de regreso, lo primero que hice fue apagar el aparato de la música, de ninguna manera permitiría que en mi presencia se escucharan canciones infantiles. Cuando no aguante más pedí silencio y me paré sobre la mesa de vidrio como para dar un discurso; no, para dar un discurso:” queridos amigos de mi hermana, queridas amigas de mi hermana, (siempre gesticulando a modo de político tribunero), vecinas y vecinos de medianera, arzobispado, club de casa y pesca, autoridades del hospital, señoras y señores... Hoy en un día tan desapacible (ya captando la atención de todos los presentes), no por el clima que nada tiene que ver en este asunto, sino por sus presencias; (silencio) suyas y de nadie más, (más silencio) que nada tienen que ver con lo que el creador había pensado; tan insignificantes que se transforman en algo fácilmente detestable por su degradación...” (esta primera parte buscando la aceptación de los miembros de la iglesia que los había y en buen número)...”haciendo referencia a los facultativos que nos colocan con tanta dulzura del lado de la muerte, proyectándonos una rápida película de nuestros años mozos en los que disfrutábamos de nuestras aventuran en lugares verdes”... (realizando un discurso más efectista que efectivo, logrando que aparecieran las primeras lágrimas en los ojos de los oyentes)...”después de haber analizado todos y cada uno de los beneficios y de los maleficio que podía ocasionarme esta proclama., he resuelto, hoy lunes uno a las cuatro y diecinueve de la mañana declararme: PUTO,PUTO, PUTO” (gritando con una brutalidad tal que pensé se me cortaría la cuerda vocal de la letra U pues fue allí donde acentué la palabra). “Si señores (ya bajo un griterío y una algarabía colosal) hoy me declaré PUTO”, repetí hasta el hartazgo. No concedí ninguna nota televisiva porque soy una persona de principios morales, de palabra...Durante varios minutos recibí el apoyo del público y lo sentí aun más efusivamente cuando pude descender de la mesa de vidrio.

            Al poco tiempo de mi declamación y haciendo uso de algunas de las facilidades que me habían otorgado las declaraciones de aquel lunes comencé a tomar clases de depilado femenino con la gorda Mauri cerca de donde nosotros vivíamos, tampoco era cosa de andar caminando tanto para aprender semejantes pelotudeces. La gorda ya en la primera clase me puso en conocimiento de que tenía las manos un poco pesadas para realizar las tareas más finas de la profesión, por lo que debía esmerarme al máximo para poder sortear el examen final y obtener mi diploma “Mauri”. Lo que más precisión requería era el cavado profundo anal y vaginal, y obviamente el depilado total de ambas zonas. Con el tema de trabajar en la cara me llevaba algo mejor ya que aquellas partes no me turbaban tanto. Con las piernas, brazos, espalda y resto del cuerpo puedo asegurar con total modestia que mi tarea era estupenda.

            De esta manera fue que realicé un entrenamiento prolongado y muy estricto. No me costaba encontrar chicas: tenía más de una hermana y ellas acercaban hermosos ejemplares femeninos dispuestos a dejarme mejorar en aquellas especializaciones que más me costaban. Las palabras del día uno me facilitaron sin duda el proceso de entrenamiento.

            Pero, la decepción fue total cuando la gorda Mauri me hizo saber que por razones estrictamente de buen gusto me sería imposible obtener la graduación. Según sus propias palabras a los ojos de cualquier mortal la tarea de depilado que yo realizaba era perfecta, pero al parecer había algo en el que no alcanzaba a conformarla. Probablemente fuera la forma en que yo llegaba al resultado.

¿Qué si yo trabajaba de una manera no del todo convencional o algo asquerosa o licenciosa que me llevaron a no aprobar el examen? ¿Qué si yo me sobrepasaba en manoseos con mi, hermana con mis otras hermanas, con sus amigas mientras trabajaba?.. Que piensen lo que quieran. Que me importa.

Soy un hombre de principios, de palabra, con dignidad y con principios morales muy altos por lo que esté usted seguro que nunca me va a oír hablar sobre los secretos de un tema tan delicado y misterioso como lo es el depilado femenino.

 

 

                                                           FIN.-

 

September 07

NOSOCOMIO

NOSOCOMIO.-

 

Nos hicieron tomar de la mano tanto a varones como mujeres y formar una fila. Comenzamos a caminar: recorrimos el primer patio, el pasillo donde está la maceta grande, bajamos los cuatro escalones y estábamos en la vereda. No nos decían nada, pero yo sabía que nos llevaban al hospital, el tema no me preocupaba total a todos les pasaba lo mismo cuando llegaban a nuestra edad.

            Nos agruparon por altura. Como era de esperar gracias a mi metro setenta y tres yo ocupaba el último lugar. Por mi ubicación era quien iba de la mano del Rector. Ambas puntas iban secundadas, la delantera por Poli (la Directora) y la trasera por Vartes. Me había llamado un poco la atención que fuéramos todos tan agarraditos teniendo en cuanta la tranquilidad que caracterizaban a las calles de nuestro pueblo.

            Después de caminar las dos primeras cuadras sentí el primer topetazo y lo creí un pequeño error involuntario. Una vez que los acercamientos llegaron a cuatro o cinco no me quedaron dudas: el Rector quería aproximárseme. Mis sospechas se confirmaron en su totalidad cuando luego de cruzar un perro reventado sobre el asfalto Vartes dio un respingo un poco como de asco, otro poco como de miedo y me tomó de las caderas. Su respingo pronto se transformó en un larguísimo abrazo en el que su bragueta se acomodaba prolijamente contra la redondez de mi cola. Me fue simpático sentir que su parte delantera emitía pequeñas descargas eléctricas. Está bueno -pensé-, debe ser como agarrar un corazón vivo con la mano. En ese momento sus dedos se deslizaron hasta mi entrepierna y palparon ejerciendo cierta presión buscando descubrir qué era lo que escondía dentro. Sin querer se me escapó un pequeño gritito, no de dolor o de miedo, sino de asombro ante aquella placentera sensación que había sentido por primera vez. Poli giró violentamente la cabeza tratando de descubrir las causas del bullicio mientras yo no podía dejar de pensar en lo hermoso que sería tener entre mis manos aquel corazón de Vartes.

            Cada tanto sin pudor gritaba: “Qué susto, cómo me asusté” y  de inmediato allí estaban para socorrerme los fuertes brazos y la bragueta de quien me llevaba de la mano. En una de las enredadas más largas que tuvimos Poli se enteró de lo que veníamos realizando. De inmediato comenzó a observar mi cara buscando mirarme a los ojos, pero por suerte pude evitar tal atropello. Debido al carácter que tenía la Directora no me sorprendió en lo más mínimo que hiciera detener el recorrido de la caravana. Sin dejar que nos soltáramos de la mano ensayó un discurso pseudo moralista que duró algún tiempo. Cuando finalizó, la cola de coches que esperaban que dejáramos de obstruir la calzada ya nos aturdía con sus bocinas. Vartes se puso muy colorado cuando Poli anunció que por razones que no se atrevía a dar a conocer, de ahora en más ocuparía el lugar del Rector y me tomó de la mano desplazando a quien me sujetaba hasta ese entonces. Lo vi alejarse pateando el suelo con la vista nublada. Actitud que me hacía recordar a la de mi padre. Quizás por alguna razón demasiado a la de mi padre.

            Lamenté el cambio de roles solo durante los primeros pasos del reinicio del recorrido. Cuando comencé a notar que los pechos de Poli me daban un empujoncito a cada momento me desdije de mis pensamientos anteriores. Me gustaba sentir cómo sus pezones se iban poniendo duros; debajo de su guardapolvo era probable que no llevara ni corpiño ni camiseta, mas como lo tenía prendido hasta lo alto del cuello no podría aseverar esto último. De cuando en cuando giraba la cabeza, la miraba a los ojos y disminuía mi marcha, ella aprovechaba para tirarme toda su voluptuosidad encima, su mirada y sus casi imperceptibles sonidos me daban a entender que estaba disfrutando tanto como yo la caminata.  Maldije haber perdido tanto tiempo en las tetas de mamá, de tener una nueva oportunidad de seguro no la desperdiciaría. De todos modos pensaba que no estaría del todo mal dormirse una siesta sobre los pechos de Poli, en ese momento tenía ganas de morderle cuidadosamente uno de sus pezones, hubiera apostado a que tenían gusto a goma.

            En el momento que comenzábamos a divisar a los paralíticos que se habían apostado en el veredón del nosocomio a tomar vitamina K y a no entorpecer a quienes hacían la limpieza de los pisos de las piezas, Vartes que de reojo vendría viendo algo gritó: “ Querida esto así no puede continuar”- cruzándose miradas terribles con Poli. Luego retrocedió y la tomó a ella de la mano formando un círculo al que por razones obvias le costaba bastante ir avanzando hasta nuestro lugar de destino, de esta forma el Rector se aseguraba que nuestros roces cesaran. Mientras ingresábamos a la sala de espera varios de los paralíticos dejaron escapar risas que podríamos llamar diabólicas.

            Nos sentamos en unos duros e incómodos sillones de madera esperando a ser llamados de acuerdo al número que se nos había entregado al entrar mientras olfateábamos el inconfundible aroma a la cercanía de la muerte. Ni siquiera en los cementerios se está tan cerca de la muerte.

            El lugar poco a poco se fue tornando familiar y no faltaron las primeras risotadas que no sé por qué intuí venían destinadas a mi persona. Cuando el sonido se tornó demasiado firme el Rector Vartes se paró y dijo: “Que les quede claro a todos, durante las horas de clase yo no soy padre de nadie. ¿Se entendió? No soy el padre de nadie, solo soy el Rector Vartes, el Rector Vartes”. Sus ojos se clavaron especialmente en los míos mientras pronunció aquellas palabras. Lugo silencio.

A todo esto Poli buscaba por todos los medios volver a colocarse cerca de mi persona, pero noté que mediante certeros puntapiés el Rector Vartes la alejaba cada vez que la tenía a su alcance. Mientrastanto yo continuaba de su mano, que enorme, belluda y llena de musculatura comenzaba a sudar.

            -Treinta y cuatro- pronunció a viva voz la enfermera. Ingresé al consultorio y la puerta se cerró. En un último y desesperado movimiento Poli se abalanzó contra la entrada realizando un gran esfuerzo tratando de ingresar también. Se la escuchó insultar a medio mundo por su derrota. Alguien de seguridad la llamó a silencio.

            -¿Usted es el padre?- interrogó la señorita de atuendo verde- Vartes no contestó, aunque yo pude adivinar fácilmente su respuesta.

            La enfermera se anunció como Lucy y pronto dejó que su delantal cayera al suelo. Sus cabellos eran claros al igual que sus ojos, su piel bronceada contenía gotas de sudor a lo largo y a lo ancho, su corpiño blanco dejaba traslucir dos pezones enormes para el tamaño de sus pechos de un color marrón muy oscuro casi negro, su panza tapaba la parte delantera de la bombacha también blanca.

            Nunca me habían vacunado y nunca hubiera adivinado cómo era el mecanismo. Sin decir nada me desnudé y me trepé a la camilla colocándome boca arriba. Detrás de mis pies pude ver cómo aparecía Vartes untándose las manos con algo transparente luego de haber abandonado el biombo vestido solo con un slip blanco que le marcaba las formas. El Rector dio la vuelta y colocó su bulto contra mi cabeza, restregándolo, realizando círculos y haciendo que su corazón volviera a latir. Lucy se ubicó delante de mis pies y fue realizando sobre mi cuerpo un suave masaje bucal hasta llegar a los pezones, los pellizcó luego los lamió hasta que se pusieran bien duros. Volvió a descender y jugueteó con los pelos de mi pubis, trabajó sobre mi sexo y cuando este se llenó de sangre me dio vuelta.

            Eso estaba mejor. La nueva posición me dejaba justo con la cara frente al estirado slip de Vartes, noté que tenía gotitas en un costado y que lo que había dentro había aumentado mucho su tamaño. Decidí bajáscelos. Por vez primera tenía a centímetros de mis ojos un enorme pene envuelto en racimos de venas azules que iban a unirse a su cabeza descubierta, bamboleándose a los dos costados. Latía enloquecido como si tuviera taquicardias. Lo tomé por su base y noté que era lo suficientemente grueso como para que mi mano derecha no le envolviera el diámetro; encima puse la izquierda y me hubieran faltado varias hasta llegar a lo más alto. El primer impulso fue tragármelo hasta la coronilla. Delicioso. Lucy me separó los cantos y empezó a lamer mi anillo anal: fue hermoso cuando su lengua se introdujo en mi parte trasera. Cuando ella dijo: “suficiente” los roles se invirtieron y fue Vartes quien me sostuvo por la cintura. Golpeó dos veces la superficie con su corazoncito y dejó que lentamente este se perdiera en la oscuridad de mis entrañas. No podía creer que semejante cosa estuviera dentro de mí. Lucy esperando que gritara llevó mi cara contra sus pechos, pero se sorprendió cómo la lamí sin emitir sonido alguno. Vartes empujó una y otra vez hasta explotar inundando todas mis cavidades con su leche caliente. Cuando me paré todavía chorreaba a la altura de las rodillas los jugos del Rector. Lucy intentó algo que llamó acabar fregando con su palma derecha su cavidad sexual y pronto supe que él era mucho más caudaloso que ella. De no haber sido  por la rapidez de la lengua de la enfermera para recoger cada una de las líneas líquidas habrían quedado rastros de ambos por todo el suelo.

            Cuando dejamos el hospital ya no nos hicieron formar fila alguna, tanto a Poli como a Vartes (en especial a Vartes) se los notaba un poco más distendidos ambos fumaban habanos y exhalaban enormes bocanadas de humo negro. Igualmente Poli le advirtió varias veces al Rector “que ya se las iba a pagar” de todas formas no pude advertir a qué se refería. Me llamó la atención que nadie comentara nada sobre las vacunaciones, lo único que escuché  fue que al parecer yo había sido quien más tiempo estuvo dentro del consultorio. No creo que se pudiera afirmar tal cosa.

            El lunes siguiente al que nos habían vacunado nos dieron los resultados y todos habían salido bien. Pregunté por qué al mío no lo habían dado a conocer y por un rato pensé que algo andaba mal. Recién cuando Poli me informó que nada pasaba y me mandó con el Rector Vartes mis nervios se aplacaron. Luego de un breve interrogatorio el Rector me informó que por suerte y gracias al vacunado de la semana anterior habían detectado que me encontraba con un porcentaje muy bajo de  hormonas en el cuerpo, de todas formas el Colegio me garantizaba y él en su nombre que me realizarían un tratamiento especial de vacunado hasta que el nivel de hormonas estuviera normal, por lo que no debía sorprenderme que de cuando en cuando tuviera que acompañarlo al nosocomio a realizar un nuevo examen.

            Pasaron varias semanas, ya me había acostumbrado a que los miércoles a eso de las diez tuviera que ir de visitas al hospital. Algunas veces me acompañaba el Rector, otras me mandaban sin acompañante. En algunos de los casos me atendía la enfermera Lucy, de la que me había hecho muy compinche, y en otros un enfermero que era muy bruto. Si yo no había ido con nadie siempre alguien se sumaba a realizar mi tratamiento. Los profesionales que me atendía me informaron que por suerte habían agarrado mi mal a tiempo, pero la recuperación llevaría sus buenos meses. Al parecer la situación era bastante crítica, pues luego de varias sesiones como la primera el tratamiento se tornó más duro para mí en especial cuando para socavarme las cavidades buscando muestras de quién sabe qué, utilizaban enormes aparatos en forma de penes que eran en realidad muy duros y amargos. Muchas de las visitas al nosocomio dejaban mis fuerzas por el piso; en verdad se notaba a lo lejos que andaban bajas mis hormonas.

            Con el correr de los meses se me hizo muy común ir directamente a ver a los enfermeros, de paso aprovechaba para faltar a clases. Cuando noté que mi cuerpo ya era otro, que se encontraba fuerte y muy desarrollado comencé a no desear tanto tener que realizar el tratamiento de vacunación. Fue así como un día de improviso le comenté a mamá a lo que me venía sometiendo cada semana desde hacía tanto tiempo.

 Supe con posterioridad que a raíz de mis dichos mamá elevó varias notas al Colegio, las cuales, luego de ser leídas por el Rector con sus ojos de padre, por su puesto, no fueron contestadas.

 

                        FIN

July 09

SR. CANARIO

Un desgano total por la educación en todo el alcance que se le pueda dar a la palabra me habían convertido en algo muy similar a un ser prehistórico. Lo expuesto anteriormente hacía que por lo general mis trabajos no fueran del todo estables ni bien remunerados, igualmente me las arreglaba para poder subsistir con clase.
Las últimas jornadas de labor en la municipalidad Del Chillar donde me desempeñaba como encargado de limpieza, habían sido bastantes conflictivas, en especial con un tal Jorge que se las daba de guapo. Ante esta situación creí conveniente dejar de concurrir a mi lugar de trabajo por algunos días hasta que se suavizara el asunto. No fue la mejor decisión que pude haber tomado ya que al regresar comprobé que un tal Jorge había tomado mi puesto.
Intenté hablar con algún superior para poder hacer mi descargo y dar mis explicaciones paro fue imposible, todos los caminos conducían hasta un tal Jorge.
Hice lo que creí más conveniente, retiré mi magro salario con los descuentos de rigor por mis inasistencias y me refugié en mi guarida.
Por la tarde había unas cuadreras en el campo de Diorio, tomé mi dinero y decidí probar que era lo que los Dioses me tenían guardado para el día de la fecha.
El resultado no pudo ser peor. Busqué una botella de vino rancio que el del almacén me acercó, pues ya conocía mi insensible paladar en los días de poca plata. La bebí lentamente para que la jornada no se borrara tan fácilmente de mi memoria.
Una vez más me encontraba sin trabajo, por lo que vestido con mis mejores atuendos fui a golpear las puertas del semanario Del Chillar, exigiendo el trabajo de columnista realizando historietas de contenido erótico, que era lo único que se me podría ocurrir. Lo había decidido, sería escritor y de los buenos.
Luego de ser atendido por el jefe de la revista, quien se encontraba muy enfermo y de la peor enfermedad que es la del paso de los años, me encontré siendo parte del grupo de quienes armaban el semanario.
El tiempo pasaba en forma agradable, escribía mis historias recogía dinero, escribía mis historias recogía dinero, escribía mis historias recogía mi dinero, etc.
Pero comencé a notar que había días en los que no podía escribir y eso me intranquilizaba sobremanera. Casualmente este fenómeno se producía los primeros y cuartos lunes de los meses pares de verano e impares de invierno.
Aquellos días me sentía liberado y gustaba de pasar largas horas en el patio y de disfrutar de las sierras que quedaban a pocos kilómetros de mi antigua casa. Mí cerebro se cerraba de tal manera que me era imposible redactar una sola frase con sentido coherente, aunque tuviera que entregar el trabajo más importante y mejor remunerado, aquellos días eran como si tuviera un cerebro de pajarito.
El cuarto lunes del mes de Junio de 1921 resultó uno de aquellos lunes, debía trabajar como oso para entregar mi trabajo pero fue imposible, por lo que me pareció una buena oportunidad para pasar el día acampando en las sierras junto a una de mis amantes preferidas.
Fuimos por los pocos equipajes y "volando", nos retiramos a la soledad de la montaña, para gozar de una estadía basada en el sexo y el alcohol. Luego de revolcarnos y entregarnos a la lujuria 4 veces y media, mi compañera de viaje dijo: " pará, que tenés algo detrás de la oreja", y tomando ese algo tiró con fuerza, grité de dolor pero ese algo no se había quitado.
 
Me puso de espaldas sobre la bolsa de dormir, tomó el control de la situación, es como una pluma pequeña decía excitada, mientras trataba de poner en marcha el mecanismo para poder completar la fracción restante. No lo consiguió.
Los días pasaron y mí concentración se fue volviendo más y más frágil, solo quería comer y retomar mis antiguas lecciones de canto.
Comencé a pensar que escribir no era quizás lo más conveniente y pensé que sería bueno saciar el apetito sexual del cuerpo. Me metí dentro de mis mejores ropas, observe largamente el espejo, el mismo me devolvió una espectacular figura; ojos negros, pelo azulado, tez bronceada, anchas espaldas y una pícara mirada que dejaba entrever alguna proposición indecente a aquella señorita que se atreviera a mirarme más de lo debido.
Se me veía vital, inflando el pecho me dirigí hacia el centro de la comarca Del Chillar, en busca de la vestal más hermosa de todas, Lucía.
Luego de recorrer cientos de metros advertí que pocos eran los que me veían como yo lo había hecho anteriormente, pero como tengo la certeza de que el reflejo de cualquier figura es siempre cruelmente anticuada no me importó. Miré mi reloj pulsera pero este me repitió una imagen que creí aun más antigua que las anteriores, como si fuera la imagen de un niño pero con una pequeña pluma amarilla detrás de la oreja derecha lo que contrastaba con una mollera aun desprovista de pelo. Pero el desconcierto fue total cuando el cura de la parroquia local mirándome con normalidad espicho: "adiós, señor Canario".
Enloquecido busqué el estanque de la plaza central para poder observarme, pero solo pude reconocer, entre un montón de hojas y agua sucia, un extraño ser con un huevo dos veces más grande que el de avestruz sobre sus hombros.
Poco después busqué sentarme en algún lugar a pensar pero me topé con el Doctor del hospital, quién con signo de preocupación dijo: por favor señor Canario, usted es un hombre grande, ¿por que no se cuida un poco?, escóndase en un lugar seguro, o será una presa fácil.
Fuera de mis cabales, me refugié en un frondoso monte de eucaliptos, pero me sorprendió un grupo de antisociales que atestaron de hondazos todo mi cuerpo, un colchón de espinas amortiguó mi caída.
Al volver de mi inconsciencia, no tan asombrado o quizás si, me observé dentro de una jaula de al menos tres metros de alto por cinco de ancho.
A veces siento ganas de escribir, en especial los primeros y cuartos lunes de los meses pares de verano e impares de invierno. Por más que agudice al máximo mi vista no alcanzo a observar cual es la imagen que devuelve el espejo que se encuentra en el rincón más oscuro de la pieza en la cual me encuentro, que por cierto pertenece a un tal Jorge.

June 07

OCA

OCA.-  ( del libro "SR. CANARIO)

La granja era lo suficientemente amplia como para que cada uno de nosotros tres, tuviera espacio para cultivar alguna que otra clase de hierba o arbusto, según su preferencia. Por cierto que lo que prefería el tío rozaba con lo ilegal y las idas y venidas con el comisario local estaban a la orden del día. Pero el tema no es este, sino que el tema, nuestro tema, era la crianza de ocas; sí, ocas comunes y silvestres, que al llegar a la madurez eran vendidas al hombre del mercado, que a su vez, las vendía para que alguien se las comiera.

Por la mañana era el momento de alimentar a nuestras queridas y temporarias mascotas, lo que más les gustaba era el maíz molido, la especialidad de mí tío.

El día soleado hacía más llevadera la tarea, favoreciendo el proceso alimenticio. Tío trabajaba el artefacto picador cuando su entrañable amigo Beto se presentó dándole una gran alegría. Luego de los saludos de rigor y los chistes fraternales, ambos partieron portando sendos baldes con la preciada sustancia que hacía crecer a las ocas.

El sendero que conducía a los corrales estaba invadido por el aroma a las hierbas que tío cultivaba a espaldas del largo brazo de la ley. Pronto estaban arrojando el contenido de los baldes en los comederos, que rápidamente, se infestaban de hambrientos plumíferos dispuestos a dar la vida por un picotazo de semillas picadas.

La respiración de Beto se tornó demasiado agitada como para ser un reflejo del trecho recorrido, luego de ser interrogado por tío, retrocedió algunos pasos de manera sorprendido, atemorizado diría yo, y gritó: "entonces es cierto lo que dicen en el pueblo". Sus facciones se desencajaron por completo. Corrió en círculos durante varios minutos ante la atenta mirada de tío que pareció no estar advirtiendo nada extraño en la actitud de su amigo.

Ya en un estado de desenfreno terrible, Beto vociferó, "hay una oca color azul en el corral, hay una oca color azul en el corral". Tío le informó que estaba muy ocupado aquel día y que debía continuar con sus labores, de todos modos, podía quedarse donde más le plazca si esos eran sus deseos.

Ya alejado del lugar, realizando otras actividades, tío seguía oyendo la misma frase que comenzaba a tornarse repetitiva.

Por la noche compartiendo la sobremesa, tío contó lo sucedido en horas de la mañana. Nuestras miradas cómplices, se cruzaban en todas las direcciones, como dando a entender que la negativa a aceptar que algo extraño ocurría con nuestras queridas aves, era algo que se contradecía con la realidad que advertíamos muy dentro de cada uno de nuestros seres.

Al otro día como era de esperar, Beto ya se encontraba despojado de todas sus ropas, piando, intentando comunicarse con los plumíferos que desconcertados miraban.

Entrada la tarde, su cuerpo ya tenía adheridas las primeras plumas que el mismo recogía y con gusto clavaba a lo largo y ancho de toda su "humanidad". Por la noche mientras guardábamos las herramientas de labranza pude ver como el amigo de tío, sigilosamente, para no molestar a sus nuevos compañeros, ingresaba por la puerta trasera del corral que se encontraba junto al sauce llorón. En pocas semanas, quizás días, sería uno más de ellos, y una vez que adquiriese su peso ideal vendido al almacenero, como por otra parte se debe hacer.

Lo que pasa que en el reino de las ocas la cosa es así, ¿o usted se atrevería a gritar que ha visto una oca de color azul en algún momento de su vida?

FIN.-

May 14

Robledo (cuento de A no chillar)

 

ROBLEDO

Cuento del libro "A no chillar" 

 

Con la boca pastosa luego de dormir más de diez horas como consecuencia de la ingesta de una botella de caña, Robledo entró al lugar del crimen. Sus ojos algo nublados le impidieron detectar las huellas dactilares que relucían en la mesa colocada bajo la ventana. El hermoso óbito de ojos celestes, cintura de avispa, enormes pechos y un pubis algo ralo lo sobresaltaron por completo. Algo agitado por el esfuerzo de haber caminado a lo sumo tres minutos a paso acelerado el oficial limpió el sudor de su frente con un pañuelo infestado de secreciones nasales que le había regalado Clarita, su mujer; luego lo colocó de manera tal que cubriera la parte más hermosa de la desafortunada: su rostro.
Clarita sí que es fea manifestó en voz alta mientras despegaba una de las secreciones que se había adherido cerca de su ceja derecha. Sin dejar de observar la deliciosa figura sin vida retrocedió dos pasos hasta depositar su enorme y fofo trasero sobre la mesa borrando por completo una prueba fundamental para poder resolver el enigmático caso. Por suerte la niña ya no lo miraba, por un momento sintió escapar de los sentimientos que su corazón marcaba
Mientras admiraba el celular que mantenía con una de sus manos intentó recordar el número telefónico de la central de Policía sin obtener resultados satisfactorios. De mal humor se puso Robledo al notar que su cabeza podía almacenar el recuerdo de la fealdad de su mujer con facilidad y no hacer lo mismo con el número de la Central- "mi cabeza se está atrofiando por la bebida"- pensó mientras se juramentaba no dejar nunca de beber. Con insistencia marcó el ciento diez, luego de varios minutos de espera una sensual voz de computadora femenina lo interrogaba. Robledo buscó por todos los medios seducir a la cordial e inerte señorita, de todos modos ésta mantuvo su castidad hasta un punto inimaginable para alguien que se encuentra detrás del sistema eléctrico. Solo obtuvo como recompensa a su insistencia el bendito número de la Central de Policía. Se alegró momentáneamente al notar que su cerebro guardaba con comodidad los nueve dígitos dictados por la sensual voz femenina- "el sistema eléctrico es el segundo gran invento que ha realizado el hombre"- se dijo mientras movía la cabeza para ambos lados.
El óbito tan blanco y puro observaba con sus ojos celestes ciegos, grandes como nuez, disimulados debajo del pañuelo todos los movimientos del oficial Robledo. Del otro lado de la línea aullaba la famélica voz del Mayor de Jefatura.
- Disculpe Mayor, con todo respeto ¿usted ha querido burlarse de mí?
- Por el amor de Dios Robledo qué está diciendo.
- Sabe qué pasa. Lo que pasa es que me mandaron a buscar o a ver que había en el vestuario de la cancha de Atlanta y resulta que no hay nada. Ahora yo me tengo que ir a Mataderos y cuánto me pierdo de tiempo. Tengo que ir a ver una vieja que se acaba de tragar un pájaro hace tres días- disimulaba Robledo mientras jugueteaba con los rizados cabellos de la jovencita.
- Pero cómo qué no hay nada si tuvimos una denuncia de homicidio.
- Mayor, quiere venir usted a realizar la requisa- gritó Robledo mientras con ternura acariciaba uno de los rozados cachetes de la joven.
- Disculpe por el error- manifestó algo compungido el mayor- pero...¡ cómo al tema de la tragada del pájaro no la atendió Massa!
- Qué sé yo. La cosa es que tengo que ir hasta Mataderos de lo contrario el bicho le va a hacer un nido en las tripas a la vieja.
- Ja, ja, ja- respondió algo consternado el Mayor. Acto seguido se escondió detrás del característico tu, tu que realizan los teléfonos cuando se corta la comunicación, pero en este caso él era quien realizaba el sonido. Robledo conocía el ruido que solía emitir su superior y colgó pensando nuevamente en la fealdad de su mujer.
Una vez más observó con detenimiento la habitación y solo encontró una gran bolsa de consorcio. Además de la hermosa señorita que lo continuaba mirando con sus preciosos ojos azules. Este caso es imposible de resolver, hay que cortar por lo sano pensó. Midió el cuerpo, el tamaño era perfecto. Colocó la niña sobre el plástico y contempló sus redondeces por algunos minutos sin atreverse a tocarlos. Algo acalorado logró incorporarse. Introdujo el cuerpo en la bolsa y la cargó en los hombros. Era obvio, había que sacar el cuerpo de aquel lugar de otra manera podría ser sancionado como cuando tuvo que esclarecer la muerte de Masanes; el hecho se parecía bastante a este, salvo que Masanes era largamente un hombre por lo visto al observar el cuerpo, y ahora estaba frente a una mujer con todas las letras. La falta de pruebas sumado al desprolijo accionar lo habían llevado a tener que purgar una condena agradable; pero claro, en la localidad de Chapaleofú a quince kilómetros de Corrientes lugar al cual debió llegarse luego de tener un encontronazo con un grupo de abejas hambrientas. No estaba dispuesto a volver a soportar lo mismo.
 Caminó lentamente hasta la parada del treinta y seis cargando con sumo cuidado a su doncella. Solicitó boleto hasta Mataderos, luego de introducir la última moneda en el aparato que da el boleto, recordó que era policía y se encontraba exento de realizar tal erogación. Se maldijo y volvió a achacarle a la bebida su cuota de responsabilidad en lo que le había ocurrido, de todas maneras su cerebro le dictaba: no dejarás de beber, no dejarás de beber. Realizó un gesto como para espantar los malos pensamientos y como por arte de magia desaparecieron. Transcurridas varias cuadras bajó en la calle Baigorriti. Caminó en dirección de la casa de la vieja. Al llegar junto a la puerta que informaba Ayacucho tres tres cuatro golpeó con fuerza.
Lo que dijo ser el marido de la vieja le abrió la entrada. En el fondo descansaba una anciana con la boca entreabierta. Sobre su cabeza cuatro urracas revoloteaban alegremente.
-En realidad todo fue tan de golpe que casi no nos dimos cuenta. Y pensar que las urracas comenzaron realizando solo una inspección en la cavidad bucal de mi querida y ahora parece que han llegado para quedarse- balbuceaba lo que dijo ser el marido de la vieja.
Robledo volvía a mover la cabeza mientras depositaba la bolsa de consorcio sobre una silla de roble con una mano y con la otra se masajeaba un sector de la espalda. Colocó la diestra dentro de su guante verde y se acercó a la vieja que a cada momento abría más y más su boca. Con la actitud de los grandes metió la mano dentro de la vieja y palpó la su cavidad. Ante la pregunta inevitable de lo que se dijo marido de la vieja  de manera inesperada Robledo sonriendo nerviosamente indicó que las aves ya habían puesto sus huevos y que nada quedaba por hacer. Su interrogador se descompuso de los nervios. Robledo tomó entre sus manos el bulto que lo venía acompañando desde la cancha de Atlanta y se alejó del lugar.
Caminadas dos cuadras divisó una discoteca de onda, miró el contenido de la bolsa de consorcio mientras creía estar recibiendo mentalmente los recuerdos de la fealdad de alguien en especial. Hizo la cola para ingresar, el estrecho pasillo le dificultó algo su desplazamiento puesto que era complicado sortearlo de a dos. Una vez adentro pidió un whisky y un guindado, hacía mucho tiempo que, por culpa del trabajo no pasaba una verdadera noche de diversión. Acomodó a su acompañante junto a su lado, lentamente fue quitando la bolsa pero solo hasta los hombros tampoco era cosa de hacer demasiado alarde. Las luces del lugar la favorecían a ella. Una vibración en la cintura le dio a entender a Robledo que alguien lo llamaba al celular. El visor transcribía el número de la Jefatura que no tuvo inconveniente en recordar. Con una sonrisa en los labios le hizo una señal al mozo para que le acercara otro whisky.
 
FIN.
 

Sergio Fi fitteom

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Se agradece la opinión...y la saludación.
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CARUZQUIwrote:
HOLA! no soy muy buena con la lectura pero tus escritos me parecen muy buenos ,te felicito,quedan muy poco que les guste escribir.FELICITACIONES !!!!!
Jan. 25
UN ABRAZO AMIGO
Nov. 26
 Un Saludo desde León..Felicidades por tu espacio y gracias por compartirlo,Hasta pronto!
Nov. 4
cristinawrote:
muy lindo leí canario, me encantó._
July 14
cristinawrote:
Muy lindo tu espacio, te saludo desde Argentina|
June 22